Platicamos con Fernando Laposse, diseñador de producto mexicano, residente en Londres, con una visión arraigada hacia la experimentación material y artesanal. Su origen y trayectoria le han llevado a hacer cruces entre el diseño de producto y la gastronomía, transformando materiales generalmente baratos, fácilmente disponibles  y con frecuencia, residuales o perecederos. Su planteamiento apunta siempre a cuestionar el entorno que nos rodea, los patrones de consumo y las políticas de producción de alimentos.

 

¿Cuál fue tu motivación para adentrarte en el mundo del diseño?
Y, ¿cuál ha sido el sentido del diseño en tu vida?

Desde que era joven, siempre quise ser artista porque imaginaba que el diseño era una carrera un poco más difícil. Pero entre los 17 y 18 años me di cuenta que la práctica de un artista es una actividad principalmente de introspectiva; el artista tiende a ver hacia adentro mientras que el diseñador tiene que participar con la sociedad de manera más activa y en conjunto. Creo que esto fue lo que me impulsó a decidir estudiar diseño de producto.

 

¿Cómo encontraste ese punto común entre el diseño y la gastronomía?

Mi familia tiene una gran historia de relación con la comida, básicamente yo soy el primer Laposse de 4 generaciones en no ser panadero, confitero o chocolatero. Crecí entre harina, huevo, azúcar y chocolate, y pasaba días enteros en la panadería de mi padre. Por otro lado, mi madre es pintora y daba clases de arte para niños pequeños, así que viví con esta dualidad entre la comida y el arte, la cual evolucionó a incluir el diseño conforme fui teniendo las herramientas necesarias. Si lo pensamos bien, el hecho de crear una nueva receta o apariencia en un pan, no es tan diferente de crear un nuevo material y moldearlo para hacer una pieza de diseño. El proceso de investigación, experimentación, refinamiento de concepto y creación de una historia es casi igual, la única diferencia es que en el primer caso también se cuenta con la preocupación por el gusto y si va a ser saludable para el consumidor.

 

Desde tu perspectiva, ¿cómo es el futuro panorama de ambas disciplinas en conjunto?

Pienso que ha habido una total explosión en el mundo gastronómico; los chefs se han convertido en súper estrellas, sus historias están plasmadas en documentales y ha surgido un sinfín de bloggers de comida. En mi opinión el hecho de cómo uno come, dónde lo come y qué come, se ha convertido en un símbolo de estatus como nunca se había tenido antes. Esto ha llevado a una gran estetización de la comida y creo que es ahí en donde el diseño ha entrado. El término food design es muy difícil de definir, es una disciplina muy joven que a lo mucho tendrá 15 o 20 años. De hecho hace unos meses tuvimos un gran debate en el Instituto Holandés de Food Design durante la semana de diseño en Eindhoven, y tras tres horas de discusión, no pudimos llegar a algo claro siendo que éramos todos food designers. En mi opinión, el futuro del food design debe ir más allá de ser un catering glorificado, y crear conceptos y propuestas que nos hagan reflexionar verdaderamente en cómo consumimos, cuánto y por qué.

 

 

En cuanto a tus proyectos, ¿cómo es tu proceso creativo, tu metodología?

Todos mis proyectos empiezan con mucha investigación tanto teórica como pragmática. Encuentro mucha inspiración en el pasado, en cómo se hacían las cosas antes, las tradiciones ligadas a un material o ingrediente. Con esta información, paso a experimentar con dicho material o proceso para tratar de darle un giro inesperado, una recontextualización. Y es finalmente, en un último paso, que empiezo a diseñar la apariencia del objeto. Mis proyectos tienden a concentrarse más en una historia, y trato de que siempre sean lúdicos.

 

¿Cuáles son tres características básicas de tus diseños, aquellas que no pueden faltar?

Deben ser sustentables, deben instigar una reflexión y deben ser inclusivos.

 

¿Qué trascendencia buscas lograr al llevar a cabo un proyecto?

Creo que es imposible hacer de cada proyecto algo trascendental y hay algunos que he hecho simplemente por diversión, como los vasos de azúcar. Pero de vez en cuando te encuentras con un tema demasiado intenso para hacer algo simplemente estético, y es ahí que busco trascender más allá de un simple objeto y crear un sistema completo. Normalmente, hacer que un proyecto de este tipo sea trascendental, toma varios años, como ha sido el caso de Totomoxtle.

 

 

¿Cuál es el futuro de tu proyecto “Totomoxtle”?

Totomoxtle ha tenido más de dos años de historia, en los cuales no solo se ha desarrollado el material en sí, sino que también se han forjado relaciones con los campesinos con los que colaboro. El futuro de Totomoxtle lleva una gran responsabilidad ya que se ha convertido en una herramienta de comunicación de un problema de identidad nacional. Totomoxtle seguirá explicando el problema de la pérdida de diversidad del campo mexicano a manos de compañías transnacionales que, deliberadamente, crean un sistema de dependencia en sus semillas modificadas y todos los agregados químicos que ellos mismos venden. Desafortunadamente, el sector de la población más afectada son los agricultores indígenas que se encuentran en un círculo de pobreza extrema del que no pueden salir al no poder subsistir de sus maíces nativos. El proyecto acaba de ganar un fondo a través del concurso The Future of Food Design en Holanda, y me encuentro precisamente en México invirtiéndolo. Con este dinero se ha creado un pequeño taller de producción directamente en las parcelas donde se cultivan estos maíces tan especiales. No puedo saber el futuro de Totomoxtle a ciencia exacta, pero por el momento ya emplea a más de diez personas, entre campesinos y mujeres jóvenes en la Sierra Mixteca, al sur oeste de México. Mi intención es que el proyecto siga creciendo y siga generando los ingresos necesarios para preservar nuestra biodiversidad de alimentos, tradiciones y modo de vida.

 

Si tuvieras que diseñar un producto que fomentara la curiosidad en los niños, ¿qué sería?

Parte de los problemas que se viven en el pueblo donde estoy haciendo Totomoxtle, es que no hay agua potable. Por tanto, la gente ahí toma productos de Coca-Cola todo el día y hay un verdadero problema de obesidad y diabetes. Esto es un conflicto nacional pues México ya es el país con mayor obesidad infantil en el mundo. En un par de semanas voy a impartir un taller en la escuela primaria de este pueblo, y pienso usar varios litros de Coca-Cola y hervir toda el agua dejando así únicamente el azúcar. Después usaré técnicas de tirado y soplado de azúcar, como las que uso para hacer mis vasos, para elaborar una serie de pequeños objetos con los niños. Espero que con este ejercicio pueda crear conciencia de la cantidad de azúcar que están ingiriendo, y con suerte, generar cierta curiosidad sobre lo que introducen a su cuerpo desde una temprana edad.

 

En Earthink hemos creado una herramienta diseñada para extraer los pigmentos de los vegetales, si tuvieras esta herramienta en tus manos ¿qué se te ocurriría hacer con los pigmentos extraídos, o con los vegetales residuales?

¡Tendría que hacer pruebas! Pero me parece genial que estén usando pigmentos naturales. Creo que el reto también sería comunicar el uso de mordentes naturales (fijadores), puesto que muchos de los pigmentos vegetales no tienen la fuerza de un pigmento artificial, si no se trata el material a teñir con un mordente adecuado.

 

 

Por último, ¿qué mensaje compartirías al mundo en pocas palabras?

Slow Down! ¡Baja la velocidad! Compra menos, come mejor, y por favor, hazte amigo de un granjero.

 

Agradecemos enormemente la participación de Fernando Laposse y su interés por compartir con nosotros su trabajo. ¡Os invitamos a conocer más sobre sus proyectos aquí!